EL SERVICIO QUE MERECEMOS






Vivimos los tiempos del cliente engreído (chocho, ¿no?). 
Se equivoca el que le pide a la mesera que (por lo poquito que paga) le hable serena y gesticule una sonrisa. 
Peca de ingenuo el que se sube al taxi y espera volumen bajo y velocidad moderada.
Hay que compadecerse del pobre diablo que a la cajera del supermercado le reclama un “buenas noches” o “muchas gracias”. 
Hay que enseñarle al cliente de nuestros tiempos, frágil y paranoico, 
que la calle no es su casa y por lo tanto ni la mesera lo atenderá como su madre, 
ni el taxista como su padre 
ni la cajera como su hermana. 
Aleccionemos al cliente engreído (chocho, ¿no?) en el arte de la indiferencia, 
porque solo con los ojos del distraído, del que está siempre de paso, dejará atrás cualquier padecimiento. 
No debe el cliente actual esperar de la mesera otra cosa que no sea que le traiga (eso sí, caliente) la comida; 
ni del taxista otra cosa que no sea llevarlo (sin mucho tráfico) de un sitio a otro, 
ni de la cajera otra cosa que no sea embolsarle (con cierto grado de armonía) los productos y entregarle el comprobante. 
Sufre el cliente engreído (chocho, ¿no?)
Y nosotros sufrimos al ver su mar de lágrimas ante este mundo que confabula contra él y su jornada diaria. 
Acerquémonos al cliente engreído (de cuclillas, pañuelo en mano) 
para convencerlo de que le conviene pasarse al grupo del cliente indiferente, 
y si ese camino no funciona probemos el opuesto, el de convertirlo en cliente “empático”,
ese cliente que entiende (que se ejercita diariamente en el difícil arte de entender) 
que la mesera tal vez no solamente no quiera ser mesera, sino tampoco madre soltera ni celulítica; 
que el taxista tal vez no quiera tener cálculos renales ni esa suegra de mierda que le ha tocado, 
que tal vez la cajera no quiera ser cachuda ni endeudada. 
Dos caminos se ofrecen entonces para el cliente engreído (chocho, ¿no?) de nuestros tiempos: 
el de la indiferencia o el de la empatía. 
Pero ya si nada de esto funcionara llevémoslo a gritos a sus tiempos del colegio. 
A esas últimas semanas de secundaria en donde de tanto pintar camisas 
de tanto estar ya en otra cosa,
no escuchaba a esos profesores repitiendo el cliché de que el mundo de afuera, 
más allá de las paredes del colegio, 
era una jungla. 



Imagen extraída de: 
http://www.scoop.it/t/marketing-del-contacto/p/4016313717/2014/02/20/las-consecuencias-de-un-mal-servicio-marketing-del-contacto



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