Leer (con demora) a Mario Levrero





Puede que saber leer también sea entender que los buenos libros exigen particulares ritmos de lectura. Hay libros a los que uno llega con la prisa del maratonista, del acumulador, del venga-y-pase, y entonces a uno el libro lo resiste, cuando no (si uno se pone atrevido) lo expulsa. Hay que aprender a conocer el libro que uno tiene entre las manos para modular, entonces, y lo más pronto, la intensidad y la fluidez que requiere. Dicho de otra forma: los buenos libros se hacen respetar. Una puerta de entrada a El discurso vacío es reparar, precisamente, en la velocidad de lectura que nos exige: la lectura demorada (pero no la lectura demorada que exigen las complejas oraciones de Bernhard o Sebald; el espesor de las oraciones de Levrero está más cerca de la intensidad en Natalia Ginzburg o en Alejandro Zambra) porque solo así, demorando la lectura, se podrá aprovechar la intensidad de cada una de sus páginas. A Levrero en El discurso vacío hay que leerlo con la misma actitud del narrador al escribirlo: sin esperar nada, nada más que letra, y disfrutando esos "algo" que aparecen a veces, como quien agradece el par de horas de luz en plenos meses de frío. Mucho tiempo voy a recordar a este Levrero y su malévolo perro Pongo; su temor a no ser el último en acostarse porque la esposa no saca la basura o el hijo no apaga la tele; sus sueños angustiantes y sus peleas con su propia letra y su escritura que tiende, porfiada, a los temas interesantes; las quejas por las interrupciones de su mujer y su hijo. Hay una frase (varias, en realidad, pero me quedo con esta) que me hizo dejar (sin caricaturas, sin figuretismos) el libro un momento, mirar la tapa y reírme como un ridículo, aplaudiendo:

                      Letra grande, yo grande. Letra chica, yo chico. Letra linda, yo lindo.





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